Un domingo ingrato 

Técnicamente, me secuestraron. Aunque solo fueron 30 o 45 minutos. Aunque solo fue para robarme un teléfono y dinero. Técnicamente, me secuestraron. Lo puedo verbalizar ahora que voy de regreso en un avión a Madrid, ahora que puedo reírme de mi propia desgracia, ahora que soy consciente del peligro al que estuve expuesto, ahora que lo escribo a modo de catarsis.

La tarde del domingo 1 de diciembre crucé a Ciudad del Este (Paraguay) desde Foz de Iguazú (Brasil), atraído por la curiosidad y convencido por los numerosos carteles que invitaban a conocerla. Quería ver el atardecer desde un puente con una vista privilegiada del caudaloso río Paraná, que sirve de frontera natural entre ambos países.

No contaba con que Ciudad del Este, vecina de Foz de Iguazú —adonde había llegado el primer día de mis vacaciones en Brasil—, era un foco rojo de inseguridad. Habría bastado escribir en Google “seguridad + Ciudad del Este” para cambiar de opinión y no ir.

Los domingos, Ciudad del Este suele apagarse. De lunes a sábado es bulliciosa, con comerciantes y turistas yendo y viniendo de un lado a otro a través del armatoste de concreto del puente de la Amistad. Pero ese día estaba silenciosa y calurosa. Cerca de ese puente, más hostil que amistoso, me secuestraron.

En mi mente se repite una y otra vez la escena del hombre que aparece en una motocicleta roja sin el espejo retrovisor izquierdo, con un casco negro arañado que algún día fue nuevo y una dentadura cubierta de brackets azules. También la de otro hombre que aparece de entre las calles cercanas a un hotel Hard Rock y se recoge la camisa para sacar un revólver del cinturón, que segundos después apunta a mi abdomen.

Los asaltantes me ordenaron subir a una motocicleta y me llevaron hacia el barrio San Rafael, que está a unos pocos kilómetros de la frontera entre Brasil y Paraguay, a la vera del río Paraná. Ese barrio es el destino funesto de los turistas que llegan a Iguazú y que son víctimas de secuestros exprés y robos, según los sucesos que reporta la prensa amarillista de la localidad. Allí me robaron los objetos personales que guardaba en un pequeño bolso impermeable y me obligaron a permanecer sentado hasta que alguien les dio la orden de liberarme.

Ocurrió a plena luz del día, a eso de las cuatro de la tarde de un domingo ingrato. Ocurrió a la vista y paciencia de pobladores sentados en las aceras de sus casas, mientras niños corrían por campos enverdecidos tras una lluvia torrencial que dejó en la ciudad una humedad terca, mientras algunos jóvenes hablaban y fumaban bajo los frondosos árboles.

La única mirada de compasión que recibí fue la de una señora regordeta, de pelo encrespado y desaliñado, que balbuceó en un silencio sepulcral:

—Por lo menos, solo te robaron.

O eso fue lo que quise entender para sentir un poco de consuelo en mi desgracia.

La imagen que tengo de mí mismo ese día es la de un José Denis sentado en la acera de una casa conectada con otras por angostos callejones laberínticos, por donde pasaron dos chicas adolescentes con sus teléfonos en la mano y un grupo de niños chillones correteando tras un balón. Nadie se inmutó. Yo, por mi parte, me encontraba calmo, tan calmo como unas horas antes, cuando pasé media hora contemplando la caída del agua en las Cataratas del Iguazú. Tenía residuos de esa paz, de esa calma.

Siempre me pregunté en qué piensa la gente en momentos como estos, en momentos en que sentís que la vida se puede apagar en un abrir y cerrar de ojos al tener la boca de un revólver presionando el abdomen. Ahora tengo la respuesta: no pensé en nada ni en nadie. Tampoco sentí miedo.

El momento me parecía raro, extraño, apacible, imperturbable. Llegué a un nivel de contemplación inimaginable. Contemplaba los cuerpos escuálidos de los asaltantes, el arma de fuego que se pasaban entre sí cada vez que dejaba de apuntar a mi abdomen, sus pieles curtidas por el sol y sus tatuajes descoloridos, sus dientes alambrados que dejaban expuestos al hablar. Y el viento sereno, que apenas movía las hojas de los árboles. Volví en mí cuando me liberaron.

—¡Caminás recto y luego doblás a la izquierda! —me indicaron.

Mi mente pensaba que mis piernas habían empezado a correr apenas escuché la orden de irme. En realidad, yo no corría: caminaba a pasos lentos, paralizado aún, anestesiado aún. Caminé y caminé. La distancia fue larga. Me lo dijeron las ampollas provocadas por el roce del cuero de las sandalias con la piel de mis pies.

Al dejar atrás el barrio de las desgracias y cruzar a territorio brasileño, rogué a un taxista que me llevara a mi Airbnb en Foz de Iguazú. Le conté lo que me pasó.

—¿Dónde lo llevo? —me preguntó.

—Al consulado de Paraguay. Mi Airbnb está a dos casas de ahí.

Al llegar a mi habitación, todos los sentimientos contenidos minutos atrás me cayeron encima. Me veo llorando, paranoico, desesperado. Solo quería un abrazo del chico con el que salía, o de mi madre, o de mis amigos.

Decidí cancelar mis vacaciones y regresar pronto a España. Las 36 horas previas a mi vuelo a Madrid desde Foz de Iguazú fueron un infierno: le temía al ruido de las motocicletas, pensaba que cualquier persona a mi alrededor me quería asaltar, intenté lanzarme de un vehículo en marcha cuando creí que un conductor de Uber me quería secuestrar. Aunque ya no había peligro, mi mente estaba alerta y rebobinando las imágenes del secuestro exprés.

Otra vez los ladrones, otra vez el arma. Esas imágenes de ese domingo ingrato, poco a poco, se han ido diluyendo en mi mente. Ahora son solo recuerdos.

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Una respuesta a “Un domingo ingrato ”

  1. Ahora es solo un recuerdo de tu colección de la vida para contar. Me alegro que estés aquí y bien.

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