Lo que voy a escribir es un lugar común. Pero Medellín es una ciudad agradable, de contrastes, de vibraciones, de progreso, de intensidades. Eso es al menos lo primero que percibo en las primeras horas que tengo en esta urbe de grandes edificios de ladrillos café y rodeada de brumosas montañas. Es encantadora, amable. Con el tiempo se ha ido sacudiendo el tenebroso pasado que le infundió el narcotraficante Pablo Escobar en los años 90. En sus calles la gente ríe, grita, baila, disfruta, aunque hay algo que me provoca tristeza y son las menores de edad obligadas a prostituirse en el exclusivo barrio El Poblado, en donde se sitúan en cada esquina como si fuesen mercancías cuando son solo niñas que deberían vivir como niñas.
— ¿Parchamos?, me dice una joven morena, guapa, de unos 170 centímetros vestida de un enterizo corto rojo que le ciñe la cintura y deja ver su delgado cuerpo. Huele a abundante colonia y sus labios tienen un rojo intenso.
La quedé viendo segundos antes cuando me encontraba disperso en la zona buscando un lugar donde comer, tras un viaje de más de 13 horas en avión desde Madrid y Bogotá. Intuyo que no ha cumplido los 18 años. Su voz me lo confirma. Son casi las 12 de la medianoche de este 28 de junio y la joven está entre un nutrido grupo de guapas mujeres de cuerpos voluptuosos. A pocos metros de ella hay más, niñas y adultas, enfundadas en vestidos estrechos y elevadas por tacones que parecen zancas de payasos de circo. Ingenuamente, le respondo a la chica que me saludó.
— ¿Qué es parchar?, perdón es que no vivo acá. Me explicó que esa expresión significa compartir, tomar algo.
— ¡Oh! Gracias. Ando buscando donde cenar. En el fondo sabía que esa palabra tiene otra connotación.
— ¿Y qué tal la noche? ¿Sos de acá? ¿Cómo te llamás?, proseguí, intentando conocer un poco más de ella, de su vida, de su tragedia, de su trabajo. Me sentí un embustero que solo intentaba hablar para conocer la dinámica de esta ciudad y entender cómo la Policía, que está por todos lados en estas calles, es incapaz de evitar que las niñas y adolescentes se prostituyan.
— ¿Cuántos años tenés?
— ¿Usted pregunta mucho?, me responde. Sí, de pronto estaba invadiendo su intimidad y me disculpé.
Ella mira a su alrededor, como cerciorándose de que nadie la escuche, y seguidamente me cuenta que vive en la periferia de la ciudad en un barrio llamado San Javier, que es madre soltera, que tiene 17 años, que quedó embarazada a los 15 años, y que tiene un novio que suele merodear la zona. Me acordé en ese momento del padre Arnaldo Centeno, un jesuita al que acompañé en una madrugada de Managua de 2013 en su jornada diaria de visitar a las prostitutas de la Carretera a Masaya. Él entregaba condones y caramelos a las mujeres y trataba de convencerlas de que otra vida era posible. “El cura de las prostitutas”, titulé entonces.
— ¿Estás bien?
Volví a preguntarle. La chica me dijo que sí y se fue sin despedirse. El Poblado, donde está Provenza y el Parque Lleras, es foco de prostitución en Medellín. La cantidad de mujeres en estas calles arborizadas, luminosas y melodiosas — porque no hay un solo lugar en el que no suene reggaeton, salsa o merengue — es ingente. No estoy en contra de la prostitución. Creo que cada quien puede hacer con su cuerpo lo que desee, pero lo grave es que quienes se prostituyen aquí son niñas.
Una de las veces que tomé un Uber en Medellín me encontré con una chica de 21 años egresada de Ingeniería Civil. Me contó que terminó la carrera recién y que está buscando empleo, mientras tanto se gana la vida llevando y trayendo gentes por los barrios empinados de la ciudad.
— ¿Por qué siento que la prostitución está desbordaba acá?, le pregunto.
Su respuesta es el típico argumento que me dan otros conductores de Uber con los que hablé durante mi estancia.
— Es que la mujer paisa (la de esta región colombiana) se acostumbró al dinero fácil. Se pueden ganar en un fin de semana lo que a una doctora le cuesta un mes.
— ¿Sí? Pero hay muchas niñas, demasiadas en esta ciudad, replico.
Lo confirma, según su respuesta, que en la madrugada del 29 de junio, minutos antes de recogerme a mí, transportó a varias niñas que salían de los hoteles donde las llevaron hombres, seguramente. Esos mismos hombres que parecen hienas en las calles de Provenza. A esta ciudad llegaron entre 2022 y 2023 1.2 millones de turistas y el 57% fueron hombres con una edad promedio de 37 años.
De acuerdo con datos oficiales, entre 2010 y 2022 se registraron más de 3,000 víctimas de explotación, abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes en Medellín. Son cifras alarmantes que deberían obligar a actuar a las autoridades locales y nacionales. Cuando estaba esperando mi vuelo a Medellín, en Bogotá, me percaté que en las pantallas de los televisores de las salas de abordajes había abundante publicidad contra la trata de personas. Aunque en la práctica pareciera más bien que se asume la prostitución como un producto turístico más de la ciudad de Medellín: Pablo Escobar, cocaína, reggaeton y prostitutas. Eso es tan triste como lo deben ser las vidas de esas menores abusadas en su mayoría por extranjeros.

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