Se llama Marta

Marta es una mujer de 35 años, originaria de Honduras, que conocí una noche reciente en Washington D.C.

Por José Denis Cruz 

Dice que tiene cinco años de residir en Estados Unidos, que recorrió México de Norte a Sur, que tiene tres hijos de entre 11 y 18 años, que nunca pisó una escuela porque su familia no tenía dinero, y que decidió huir de Honduras y de su pobreza. 

Marta, a secas porque no tuve la idea de preguntarle su apellido, es una mujer de 35 años, originaria de Honduras, que conocí una noche reciente en Washington D.C., justamente en la estación de metro Capitol Height, fronteriza con la ciudad de Maryland. La encontré solitaria en las bancas metálicas de una estación de autobús, vestida de un suéter negro, que poco la abrigada de los cinco grados que hacía, y un pantalón azul manchado de blanco en la pierna derecha.

La saludé y le pregunté su nombre. “‘Marta’, ¿y usted?”, me respondió. Sabía que era hondureña por su acento. “¿De qué parte de Honduras sos?”, le dije. Su respuesta vino acompañada de una breve biografía de su vida. Me entrevistó tanto como yo a ella. Yo le conté que era nicaragüense, que estaba en la ciudad por trabajo, que residía en España desde hacía cinco años, y que mi amiga, que regresaba ese día de Nicaragua, me recomendó esperarla en esa estación de metro.

—¿Sabés si es peligroso caminar por la zona?

—Sí, no se vaya a ir solo porque le pueden robar. 

Eran las 11 de la noche. Moría de frío, de hambre, y lo único que quería era descansar. Llamé a la Norma, mi amiga, cinco veces, hasta que por mi insistencia respondió. “¡Oye, no te pasés!, estoy muriéndome de frío acá en la estación y con mucho miedo porque me siento inseguro”, le espeté con voz miedosa, pero al mismo tiempo fuerte. Colgué la llamada y resoplé.

—Espérela aquí, aquí no le pasará nada.

—¿Y vos en qué te vas a ir?, le pregunté. 

—En bus, ¡ya viene! 

El bus se estacionó, pero Marta no subió. Se quedó para hacerme compañía, lo que me pareció un gesto hermoso. “No, no es necesario. Mi amiga ya viene por mí”, dije en un intento de convencerla. Al final, no subió. El próximo bus pasó media hora después.

La mujer que me hizo compañía esa noche me contó que trabaja en Virginia, a una hora de su casa que está en Maryland; que gana más de 3,000 dólares al mes, pero debe pasar en pie limpiando casas y cuartos de hoteles por más de 13 horas al día; que vive con su hombre y sus tres hijos y algunos familiares; que no tiene carro para transportarse porque no sabe conducir, y que tras cinco años en Estados Unidos no se acostumbra al frío. Lo último lo dice mientras se frota las manos, intentando calentarlas, para luego decir algo en lo que estoy totalmente de acuerdo.

—Tampoco a la soledad. Si estuviera sola, sería diferente. Ni saldría. 

Y sí, uno nunca se acostumbra a esa soledad que te provoca migrar o el exilio. La vivo, aunque ahora menos. Mis primeros años fueron terriblemente solitarios, durmiendo a las cinco de la mañana y despertando a la una de la tarde. Yo no tenía, ni tengo, opción de regreso porque en mi país hay una dictadura que persigue a periodistas. Ella tampoco tiene opción. Sabe que si vuelve a Honduras le esperan días de escasez, hambre, así que prefiere estar comiendo confites aún así sea en el propio infierno. 

—¿Ya viene su amiga?

—Sí, ya está cerca.

Realmente no sabía si la Norma estaba por llegar. El “ya llego” en Nicaragua no es necesariamente inmediato. Pueden ser 30 minutos o una hora. Tenemos fama de impuntuales, así que por el historial también, el “ya llego” de la Norma”, no es precisamente “ya”.

Un carro de policía se estaciona en la penumbra de una arboleda cercana. El próximo bus de Marta está por pasar.  “Mire, ya hay policías, así que quédese aquí”, dice como queriendo justificar su partida, pero dejándome, a la vez, un poco tranquilo. Finalmente, su bus llegó. Ella me tendió su mano fría y esbozó una amplia sonrisa que mostró dos dientes brillantes. Se subió al bus y la seguí con la mirada hasta que se sentó a la mitad derecha.

El reloj marca casi las 12 de la noche y Marta en 15 minutos llegará a su casa. Se quitará los zapatos que le aprietan los pies, comerá arroz y frijoles y un pedazo de pollo, hablará con sus hijos un poco para saber cómo les fue en el trabajo, y se irá a dormir lo más pronto porque debe despertar en cinco horas. La Norma aparece cinco minutos después de la partida de la mujer hondureña y le cuento rápidamente de quien me hizo compañía.

— ¿Cuál mujer?, pregunta.

— Marta. Se llama Marta.


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