Soledad

Aunque tengo amigos que me escriben todos los días para preguntarme cómo estoy, no dejo de sentirme solo porque hay un vacío que únicamente la familia puede llenar. 

Por José Denis Cruz

El primer recuerdo que tengo de un hospital es de una madrugada calurosa de verano en la que sufrí un episodio alérgico. Mi cuerpo estaba brotado de grandes ronchas rojizas (urticaria) como una cordillera que se extendía desde la planta de los pies hasta los bordes de mis grandes orejas. Lloraba mucho porque no aguantaba la picazón. Y el calor de la sala de emergencias no hacía más que empeorar mi sufrimiento. Para entonces, tenía unos seis años.

Mi mamá me sostenía en sus piernas y con un pedazo de cartón trataba de ventilarme para espantar el calor, a la espera de que me atendiera un médico. Fueron horas eternas. Recuerdo las incómodas bancas de madera de la sala, las paredes de un color celeste desgastado, las tristes lámparas blancas del techo, y la desesperación interminable por la comezón. Lloraba tanto que una enfermera enfundada en su bata blanca vino a regañarme. 

— ¿Cuál es la mariconada?, me dijo en un tono indolente. 

Mamá le respondió con su voz bravía y encendida que solía tener de joven. Sé que su reacción fue esa porque si hay algo que le molesta tanto es que me llamen maricón. La recuerdo también yendo a la ventanilla a pelear para que me atendieran rápidamente. Finalmente, la misma enfermera  regresó con una jeringa. 

— ¿Duele?, le pregunté. 

No tengo claro ahora qué me respondió, pero después de la inyección me quedé dormido. Desperté luego en la cafetería del hospital y ahí estaba mi padre. Me habían dado el alta y él, desvelado porque esperó toda la madrugada afuera, tenía que irse a trabajar. Mamá me llevó a casa, me preparó una sopa de pollo y me cuidó por el resto del día. 

Ese episodio, en ese hospital de Masaya, a 12 kilómetros de mi casa, lo tengo en mi mente como si lo hubiera vivido ayer. Y ahora que recién me intervinieron quirúrgicamente me provoca un sentimiento de añoranza, nostalgia, todos los sinónimos posibles, porque habría deseado que mis padres, o mis hermanas, hubieran estado conmigo. Habría deseado verles al salir del quirófano. 

Quizá por eso al despertar de la anestesia lloré como un niño. No lloraba por el dolor de las heridas ni por las cachetadas que me daba el cirujano para que volviera en sí, sino porque extraño a mi familia, y en ese momento más. Y no estaba solo. Edwin, mi amigo, estaba afuera pendiente de mí, y se lo agradeceré toda la vida. Antes de entrar al quirófano, mientras esperaba en una sala del hospital, miré a varios pacientes acompañados de más de un miembro de su familia. “Si estuviera en Nicaragua…”, pensé muchas veces. El día de la operación me sentí sumamente sólo. Y no me gusta estar solo.

Lo peor vendría después. Quedé solo en casa. Un día me caí mientras intentaba bañarme, también cuando intentaba levantarme de la cama. Pensé otra vez en lo solo que estoy en este país. Pensé otra vez en mi madre y aquella madrugada en el hospital cuando tenía seis años. Una mañana, a las ocho de la mañana desperté llorando. Tenía un poco de dolor. Y otra vez pensé en lo duro que es vivir sin familia en un país que no es el tuyo. 

Sentí otra vez dolor y soledad. Y la soledad puede ser un tanto subjetiva. Aunque tengo amigos que me escriben todos los días para preguntarme cómo estoy, no dejo de sentirme solo porque hay un vacío que únicamente la familia puede llenar. Edwin, mi amigo, y Xavi, mi exnovio, son las personas que vienen a cuidarme en algunas horas del día. Otra vez estoy pensando en mi madre, en mi padre, en mi familia. Están a más de 8,000 kilómetros y nos hablamos por Facetime varias veces al día, cuando por fin amanece en Nicaragua. 

Es 5 de marzo. Son las 10 de la mañana y recién desperté. Cumplo una semana de estar de baja médica por mi operación. Tengo hambre, me siento inútil. Hoy especialmente estoy triste. Mamá pudo venir, pero por razones de fuerza mayor canceló el viaje a Madrid. Otra vez pienso en ella, en mi casa, en mi país, en mi vida allá. Vienen a mi mente las imágenes del patio de la casa de mis padres, las mecedoras del salón, el olor de la tierra, la voz de mi mama. También pienso en doña Lupe, la vecina que solía preparar comida de enfermos cuando me enfermaba.

Agarro mi iPhone y entro a TikTok. Lo tiro porque me invaden vídeos de Nicaragua. Pienso otra vez en la sala del hospital de Masaya, en la enfermera gritona, en las bancas color café, en las luces blancas. Ahí está mi mamá apapachándome con sus manos regordetas y  soplándome con un pedazo de cartón que consiguió quién sabe dónde.  Pienso en mi papá, en las noches que llegaba con una torta para darle a su hijo enfermo. Pienso en mi abuela, en las mañanas que llegaba a casa con bananos frescos o atol de maíz para mí. Pienso en la Mirna, en la Carolina, mis primas. En la María Luisa, en la Sonia, en la Marta, las amigas de mi madre que siempre iban a verme cuando me enfermaba. 

Pienso, además, en que en tres días cumpliré 30 años. ¿Cuántos nicaragüenses pasarán lo mismo que yo?,  ¿cuántos sentirán lo mismo que yo?, me pregunto. Nos hemos ido de Nicaragua casi un millón de personas y estoy seguro que en momentos como el que vivo, la soledad suele golpear más y la familia suele extrañarse más. 


Una respuesta a “Soledad”

  1. […] momentos. A pocos días de cumplir 30 años en 2024, la soledad me revolcó cuando en febrero me operaron para extraer la vesícula. El día de la cirugía añoré desde lo más hondo de mi alma la compañía de mis padres. Había […]

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