El país que incuba dictadores: 40 años, de Somoza a Ortega

¿Cómo se explica que cuatro décadas después el país tenga entronizado a otro dictador? ¿Son culpables los nicaragüenses, por acción u omisión, de que se instauren los tiranos?

Por José Denis Cruz

Cuando supo que la Guardia Nacional del dictador Anastasio Somoza se había rendido ante los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), a las 2:00 a.m. del 19 de julio de 1979, el júbilo recorrió toda la ciudad de León. Josefana Bermúdez escuchó la noticia desde la frecuencia clandestina de Radio Sandino, la mañana siguiente, el 20 de julio, y se acercó a la carretera que comunica esa ciudad con Managua para buscar un espacio entre las decenas de vehículos que se movilizaban en caravana, como hormigas, hacia la capital, a celebrar la libertad que significaba el triunfo de la Revolución sandinista.

Después de tres horas en un viejo carro Mazda rojo de la época, llegó a Managua pasadas las 10 de la mañana. Lloró desde que se subió al vehículo, a la altura del kilómetro 70 de la carretera a León, y lloró aún más al bajar la cuesta El Plomo y ver que la caravana para llegar al centro de la ciudad lucía interminable, con colas de carros y gente desesperada que parecía huir del fin del mundo.

Bermúdez tenía 19 años y muchos de sus amigos de infancia se habían enfilado a la guerrilla sandinista, así que en todo momento, desde que llegó a la Managua destruida por la guerra, los buscaba entre la multitud. No tuvo éxito. Tampoco logró llegar hasta el centro de la Plaza de la República (que desde el 19 de julio de 1979 pasó a llamarse Plaza de la Revolución), donde jóvenes, niños, ancianos, mujeres y hombres se concentraban como si fuera un concierto; pero sí escuchó la artillería que sonó cuando los comandantes sandinistas arribaron triunfantes en camiones y tanquetas.

“Fue uno de los momentos más felices para los nicaragüenses; estábamos dejando atrás cuarenta años de opresión somocista, de muerte y pobreza”, recuerda. Estuvo en la plaza solo unos 30 minutos. No pudo soportar la asfixia provocada por la multitud ni el ardiente sol. En los pocos minutos que estuvo, logró abrazar la libertad y la convicción de que el país por fin había roto las cadenas de la dictadura. “Y desde entonces, ya nos libramos de dictaduras”, dice.

—¿Y no ve en Ortega lo mismo que hacía Somoza? —le pregunto.

—No, Ortega ha sido y es un referente de la revolución; ha hecho lo que ningún otro presidente pudo hacer en 16 años de gobiernos neoliberales —responde desde el teléfono la mujer ama de casa, delgada y de pelo canoso, que ahora tiene 59 años.

Como ella, miles de nicaragüenses —quizá el 20 % de los más de seis millones de habitantes actuales— que vivieron o no el triunfo de la Revolución, continúan anclados en aquella gesta de 1979, convencidos de que su líder, Daniel Ortega, esgrime valores democráticos y progresistas, y que su figura es sinónimo de revolución. La realidad es que, cuatro décadas después de que los nicaragüenses, encabezados por los guerrilleros del Frente Sandinista, derrocaran al dictador Anastasio Somoza, Nicaragua ha vuelto a convulsionarse por la represión, la muerte, el exilio y la falta de libertades.

Es como si la historia se empeñara en repetir ciclos y Josefana tenga la dicha o desdicha de haber estado el día en que cayó el último dictador del siglo XX y presenciar, ahora, el enraizamiento del primer dictador nicaragüense del siglo XXI. Aunque ella lo niegue, Ortega ha emulado a Anastasio Somoza Debayle, quien huyó el 17 de julio de 1979.

La historia de Nicaragua ha estado marcada por la represión, la corrupción y las artimañas de quienes han escalado al poder y han pretendido entronizarse. Desde que el país se separó de la República Federal de Centroamérica, en 1838, 73 hombres han ocupado la presidencia en 111 cambios de gobierno, según datos de la Biblioteca Virtual Enrique Bolaños. En 181 años de República o vida soberana, el poder se ha repartido en cinco gobiernos con carácter dictatorial: Tomás Martínez Guerrero (1857-1867), José Santos Zelaya (1893-1909), Anastasio Somoza García (1937-1956), Anastasio Somoza Debayle (1967-1979) y Daniel Ortega (1979-1990 / 2006 y contando). De todos ellos, Ortega es quien más tiempo ha ostentado el poder en la historia.

Al respecto, el historiador Bayardo Cuadra sostiene que lo que vive el país con Daniel Ortega es un fenómeno que se ha repetido en el tiempo y que se deriva de la actitud pasiva que ha adoptado la misma ciudadanía ante los primeros signos de autoritarismo de sus líderes: violación de las leyes y la Constitución, corrupción y enriquecimiento.

Aunque hay otro mal histórico común en todos los que han gobernado con mano dura: la reelección continua como mecanismo para legitimarse. Y no es que las reelecciones sean malas, dicen historiadores y políticos, sino que cuando un país sufre de una institucionalidad frágil, es más fácil que un caudillo se entronice y se niegue a bajarse del banquillo presidencial. Pasó con Martínez, con Zelaya, con los Somoza y con Ortega.

“Aquí ha pasado eso tres veces; es un fenómeno que, desgraciadamente, se repite cada 40 años. Es el sistema, y somos nosotros los que llevamos a eso. Nuestra idiosincrasia hace que creamos en los caudillos, y cuando tienen habilidad, se eternizan en el poder, pero sí terminan mal. Zelaya terminó mal, Somoza terminó mal. Es una película que se repite. Tropezamos siempre con la misma piedra”, valora el historiador nicaragüense.

Mateo Jarquín, doctor en Historia por la Universidad de Harvard y profesor en la Universidad de Chapman (California), es un estudioso de la Revolución al que le pregunté cómo explica que, 40 años después, Nicaragua esté enfrentando otra dictadura. Ve factores como la pobreza y la desigualdad como causas de la apatía hacia los procesos democráticos.

— Hay que preguntarnos por qué fracasó la transición a la democracia en 1990. El breve experimento en democracia liberal logró conquistas importantes, como el fin de la guerra civil, la expansión de la sociedad civil y de las libertades públicas, y el fortalecimiento del Estado de Derecho. Pero también fue una época difícil de reconstrucción económica y ajuste estructural. La pobreza subsistió y la desigualdad se agudizó. Quizás eso ayuda a explicar por qué, frente a la erosión descarada de las instituciones democráticas a partir de 2007, gran parte de la sociedad lució apática.

Jarquín también considera que basta con echar un vistazo a la historia para hacerse a la idea de que al nicaragüense le encanta un hombre fuerte, o que es un ciudadano susceptible a la figura mesiánica. Esos modos de pensar, analiza, siembran raíces profundas, muy difíciles de cambiar. Sin embargo, agrega, eso es solo una pieza del rompecabezas: “Yo no creo que los nicaragüenses seamos más propensos al caudillismo y al autoritarismo que los taiwaneses, o los franceses, por ejemplo. ¿Acaso es algo que llevamos en la sangre? ¿O en el gallopinto?”

Por eso plantea que se deben estudiar los determinantes materiales de los regímenes políticos. La pobreza, la desigualdad y la concentración de la riqueza en manos de una pequeña élite son condiciones socioeconómicas que sirven como caldo de cultivo para las dictaduras. “Es muy difícil tener igualdad de acceso al sistema político, con instituciones que funcionen para el interés de todos, cuando existe semejante desigualdad y miseria social. Nicaragua no es única en ese sentido; es muy común ver el fracaso de la democratización en países con estructuras socioeconómicas parecidas”, observa Jarquín.

El sociólogo Cirilo Otero coincide con los historiadores consultados para este reportaje y retrocede más en el tiempo al sostener una tesis en la que plantea que, desde hace 500 años, los nicaragüenses vienen disfrutando —entre comillas— de personajes dictatoriales, como por ejemplo el militar español Pedrarias Dávila, que fungió como gobernador de Nicaragua entre 1528 y 1531. “Era un tipo muy violento que dominaba a sangre y fuego”, apunta.

Otero continúa explicando que la herencia colonial es lo que ha llevado al país a incubar dictadores: “Los dejamos hacer las primeras cosas negativas y nos gusta que nos gobiernen al trompón y a la patada, al golpe y la violencia para someter las voluntades”, analiza, y agrega: “Pero los dejamos correr, soportamos barbaridades, y hay momentos en que explota como una olla de presión, pero eso tiene un costo altísimo: destruimos todo, la infraestructura, las relaciones sociales y políticas; en realidad así ha sido desde 1890”.

La exguerrillera e historiadora Dora María Téllez tenía 23 años cuando triunfó la Revolución sandinista y para entonces había dirigido un ejército de más de 3,000 hombres y mujeres que integraban el Frente Occidental del Frente Sandinista. “Los nicaragüenses estábamos de acuerdo en derrocar a la dictadura somocista”, recuerda, “pero entre las células de ahí surgió un caudillo que fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en otro tirano.”

“Nicaragua incuba dictadores. Para que alguien ejerza como dictador frente a mí, yo tengo que aceptarlo, tolerarlo o aplaudirlo, y hay que reconocer que en 1998, año en que Arnoldo Alemán y Daniel Ortega pactaron para dividirse los poderes del Estado y garantizar que solo hubiera dos partidos políticos en Nicaragua que permanecieran permanentemente en el poder, eso fue aplaudido por muchísima gente. Para que haya una dictadura, tiene que haber un pueblo que lo permita”, expone Téllez a cuarenta años del triunfo de la Revolución sandinista.

Para la exguerrillera, los nicaragüenses no solo han permitido dictaduras, sino que también las han creado. “No hay un nica que no tenga un grado de responsabilidad en la creación de una dictadura, ya sea en la dictadura somocista o en la actual, por acción u omisión. Una de las principales lecciones es que uno tiene que aprender a decir que no. Uno de los problemas que tenemos en la sociedad nicaragüense es que nos encantan los caudillos; tenemos una falta de cultura democrática, todos, y este no es un problema solo de orteguistas, somocistas o liberales, es de todos”, reitera esta figura de la Revolución que rompió con el Frente Sandinista después de la derrota electoral de 1990.

Las conclusiones de guerrilleros, sociólogos e historiadores apuntan a que Nicaragua gira en una espiral de caudillos, por lo que los ciudadanos siempre están en la búsqueda del líder, del hombre fuerte. A eso, Téllez agrega otro factor: la falta de cultura democrática que se refleja en la indecisión para fiscalizar a los gobernantes o funcionarios públicos. “Lo que deberíamos hacer es cambiar radicalmente, cambiar de mentalidad todos, pero también hacen falta cambios radicales en el sistema político”, añade.

Pero achacar toda la responsabilidad al nicaragüense común y corriente, que sufre la desigualdad, la pobreza y la corrupción del sistema político, es injusto. Las élites políticas y económicas determinan los desenlaces, como en los casos de Somoza y Ortega. Por eso el historiador Mateo Jarquín considera que las dictaduras no se imponen únicamente a dedazos. “Las sociedades hacen a los dictadores. Y en sociedades sumamente desiguales, las élites tradicionales juegan un papel fundamental”, critica.

“Anastasio Somoza García (el primer dictador de la familia) apoyó su régimen en pilares sociopolíticos muy fuertes. La población quería estabilidad. El ascenso de la Guardia Nacional puso fin a las guerras civiles e intervenciones extranjeras que marcaron la primera etapa del siglo XX. Y las élites tradicionales —de los partidos liberales y conservadores— aprendieron a querer a Somoza, pues su gobierno implementó políticas económicas favorables a sus intereses. Ese fue el trueque fáustico. El lema bien pudo haber sido: háganse ricos, pero no se metan en la política”, señala.

Ese ganar bilateral —estabilidad y crecimiento económico a cambio de poder absoluto— permitió la sucesión dinástica durante 40 años. “Obviamente la sociedad, y en particular la aristocracia, hizo un pésimo negocio, pues la estabilidad que compraron a corto plazo se pagó con las instituciones, libertades y derechos fundamentales que garantizan estabilidad a largo plazo. Cuando, a finales de los años 70, se habían cerrado todas las opciones legales y políticas para generar un cambio, no había otra opción que la calle”.

También es la historia del orteguismo y su pacto, como ya se ha dicho, con Arnoldo Alemán a finales de los años 90, y, más recientemente, en 2007, con el gran capital nicaragüense, con el que sostuvo una luna de miel por más de diez años, definiendo la política macroeconómica del país, pero dejando de lado el Estado de Derecho y la democracia.

LA REVOLUCIÓN QUE SE NEGÓ A LA DEMOCRACIA

El escritor Sergio Ramírez (vicepresidente de Nicaragua entre 1984 y 1990), en un artículo de opinión publicado el año pasado en el diario El País de España, a la luz de la insurrección de abril, plantea que la historia de Nicaragua, siempre arcaica, “ha dado tropiezos en la oscuridad una y otra vez, y el camino que recorre a ciegas vuelve siempre a ser el mismo: un camino circular. Caudillos que pretenden quedarse para siempre en el poder, recluidos dentro del mundo que han fabricado en sus cabezas como una tenebrosa fantasía”.

Aunque varios sectores políticos del país califican a Ortega, entre 1984 y 1990, como un mandatario autoritario, Ramírez defiende en ese mismo artículo que, durante los años ochenta, la época de la revolución sandinista, esas tentaciones caudillistas existieron, pero no fueron realizables. “El mismo origen diverso del sandinismo, basado en una coalición de fuerzas obligadas a mantener el equilibrio, lo evitó”, explica.

¿Qué condujo al fin de un proceso revolucionario que al principio estuvo lleno de mística e ilusión?

En cuanto al fin de la revolución sandinista, los excomandantes que la lideraron difieren en las fechas. Para algunos, terminó pocos años después del triunfo en 1979; para otros, con la derrota electoral de 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro se erigió como presidenta de Nicaragua, dando paso a la transición hacia la democracia. Dora María Téllez, Mónica Baltodano, Hugo Torres y Moisés Hassan, desde una posición opuesta al Frente Sandinista y al propio Daniel Ortega, miran a 1979 para evaluar los aciertos y desaciertos de la revolución. Todos coinciden en que el principal problema fue la falta de un compromiso profundo con la democracia representativa.

Cuando la Guardia Nacional se rindió el 19 de julio de 1979, Moisés Hassan, exmiembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN), se encontraba en la ciudad de Granada, tras haber participado en la insurrección de Masaya, Jinotepe y Diriamba. Este exdirigente, doctor en física e hijo de un migrante palestino, fue el primero de las cuatro personalidades entrevistadas por Despacho 505 para este trabajo en abandonar las filas del Frente Sandinista y, por ende, el proyecto revolucionario. La desilusión llegó inicialmente con la repartición a dirigentes del Frente de propiedades confiscadas a políticos somocistas, y luego cuando los ideales revolucionarios comenzaron a desviarse hacia “otro rumbo”.

“El desencanto fue casi inmediato; había pasado poco tiempo cuando vi la primera señal clara de corrupción y comprendí que la lucha no había sido por principios, sino para resolver problemas personales. Las casas y mansiones que fueron confiscadas a los somocistas empezaron a ser tomadas, parecía una bandada de aves de rapiña cayendo sobre esos bienes.” Finalmente, en 1985, Hassan, “después de saborear las hieles del poder”, renunció a la militancia en el Frente, al grado militar y a la posición que tenía en el gobierno de entonces.

Para las exguerrilleras Dora María Téllez y Mónica Baltodano, la revolución fue un proceso con luces y sombras. Rescatan los avances sociales como la Reforma Agraria, que otorgó tierras a campesinos del país, y la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización, que redujo el índice de analfabetismo del 50 % al 13 %. Sin embargo, reconocen la falta de vocación democrática en una guerrilla que funcionaba de manera vertical.

Hassan, el exdirigente que más duramente critica ese proceso revolucionario, cataloga, por el contrario, la Cruzada de Alfabetización como una medida propagandística, ya que, a su juicio, la cifra de analfabetismo se redujo cuantitativamente, pero no cualitativamente. “Fue mercadeo, no un gran avance; no tuvo la efectividad que pudo haber tenido.” Sobre la Reforma Agraria, critica que, finalmente, los campesinos no se convirtieron en propietarios directos, sino que formaron cooperativas que luego quedaron en manos de jerarcas del Frente; es decir, las tierras quedaron en las manos equivocadas.

“Se estableció un avance importante en la calidad de los derechos ciudadanos y en las políticas sociales, y una reforma agraria muy significativa, pero la revolución no tenía un compromiso profundo con la democracia; tenía un compromiso más profundo con la justicia social. No había una formación democrática y rápidamente surgieron hechos de autoritarismo e intolerancia. Por un lado se planteaba la economía mixta, y por otro el FSLN actuaba como partido único”, reconoce Téllez desde Managua, a pocas semanas de conmemorarse las cuatro décadas de la Revolución.

“No hubo una capacidad democrática de la revolución para rechazarlo, pero para mí hubo transformación revolucionaria”, admite Baltodano, la mujer que, a los 15 años, se enfiló en la lucha contra Somoza tras conocer las violaciones sexuales y torturas a la opositora sandinista Doris Tijerino, en 1969.

“Nosotros luchamos por la vía armada, es decir, veníamos de un partido donde no había vida democrática interna, y si la había, era mínima, porque era un partido que se movía en la clandestinidad con una organización vertical, por las exigencias de la lucha, y triunfamos por la vía armada”, reconoce Hugo Torres, el único guerrillero que participó en dos de las gestas militares más grandes del FSLN: la toma de la casa de Chema Castillo (funcionario somocista) en 1974 y el asalto al Palacio Nacional en 1978, en las que también estuvo involucrada Dora María Téllez.

Los exdirigentes del sandinismo también creen que no haber aplicado un modelo político más objetivo influyó en el desencanto por la Revolución sandinista, que en 1979 contó con el apoyo de una mayoría de los 3.1 millones de nicaragüenses. Además, acusan a la política norteamericana de Ronald Reagan de haber atacado un proceso revolucionario atrapado en la Guerra Fría, entre la potencia de Estados Unidos y la Unión Soviética, en su afán por conquistar la hegemonía política mundial.

“Fue un error no haber tenido la capacidad de hacer un análisis correcto de la situación, de cuáles eran esas contradicciones que debíamos resolver para hacer avanzar el proyecto revolucionario, sumado a la inexperiencia y a la soberbia, porque creíamos que lo sabíamos todo por haber triunfado por la vía armada, y que teníamos derecho a transformar el país a nuestro gusto y antojo. No haber seguido el consejo de realizar elecciones después del triunfo, no haber logrado evitar no solo el conflicto armado, sino permitir que se agudizara el conflicto debido a las contradicciones entre Estados Unidos y la URSS”, analiza Torres.

La Revolución sandinista, aplaudida en el siglo pasado por países y corrientes políticas de todo el mundo, concluyó en 1990, cuando Daniel Ortega perdió el poder en las urnas. Lo que queda son vestigios, recuerdos en imágenes o canciones que, todos los días previos al 19 de julio, invaden la propaganda oficial del régimen orteguista. Más allá de eso, la revolución nicaragüense ni siquiera dejó una herencia perdurable en el tiempo. Fracasó como la revolución mexicana (1910) y la cubana de los Castro, que aún se mantiene desde 1959.

— ¿Para usted qué queda de la Revolución sandinista?

— Moisés Hassan: “No queda nada en absoluto. Se extinguió, no queda nada de ella, solo que saltamos a una dictadura que, doloroso decirlo, es peor que la de Somoza”. Rompió con el Frente Sandinista en julio de 1985.

— Dora María Téllez: “La conciencia ciudadana, la forma en que los nicaragüenses se veían a sí mismos antes de 1979. Toda esa conciencia ciudadana, la participación en gremios, comunidades, campesinos, es un capital humano que sigue ahí y ha dado frutos”. Rompió con el Frente Sandinista en 1994.

— Hugo Torres: “Queda el derrocamiento de una dictadura que duró casi 45 años, una brutal dictadura sangrienta. Derrocar una dictadura ya es por sí un logro histórico muy relevante; lo que vino después es otra historia”. Rompió con el Frente Sandinista en 1996.

— Mónica Baltodano: “La revolución fue resultado de una necesidad histórica, causada por el cierre absoluto y total de todos los espacios, el crimen y la mortandad que provocó Somoza. Yo sí creo que la historia de esa revolución está viva”. Rompió con el Frente Sandinista en 1998.

ORTEGA: LA REVOLUCIÓN SOY YO

Tras el triunfo de la Revolución sandinista en 1979, se instauró en León, capital provisional del país, la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN). Fue un cuerpo colegiado conformado por diversos sectores, entre ellos empresarios, académicos e intelectuales. De ahí surgieron las decisiones para la nueva Nicaragua, hasta que en 1984 se celebraron elecciones presidenciales y Daniel Ortega se postuló como candidato.

Ortega, el hombre bigotón y de verbo encendido que trina contra Estados Unidos en todos sus discursos, empezó a figurar más que los otros ocho comandantes: Humberto Ortega, Henry Ruiz, Tomás Borge, Carlos Núñez, Víctor Tirado López, Luis Carrión, Jaime Wheelock y Bayardo Arce. Al ganar, en unos cuestionados comicios, se convirtió en el centro de la Revolución y del partido, a pesar de que existía una conducción colegiada a través de la Dirección Nacional del FSLN.

“Así fue ubicándose cada vez más como el referente principal de la Revolución, ante los ojos de la población y la comunidad internacional. Ocupó los cargos para proyectar su posición como referente”, dice un dirigente revolucionario muy cercano a Ortega.

Por estos días circulan en la radio y la televisión spots sobre la Revolución con Ortega como figura hegemónica. “Se ha adueñado de la revolución”, señalan los críticos y los mismos sandinistas. Ya en 1990, tras la derrota electoral, Ortega apartó a todos los sandinistas que abogaban por darle al partido aires de democracia y se convirtió en el candidato eterno del FSLN hasta que, tras tres derrotas, ganó las elecciones en 2006, con una minoría del 38 % de los votos.

Para llegar ahí, como se dijo al inicio de este reportaje, pactó con el entonces presidente Arnoldo Alemán (1996-2001) para repartirse los poderes del Estado y reformar la Ley Electoral, bajando así el porcentaje de votos que necesitaba un candidato para ser presidente. Pero antes de sentarse a dirigir Nicaragua, aplicó la estrategia de gobernar desde abajo, con la que desestabilizó a los presidentes que no había logrado derrotar en las urnas. Lo lograba porque manejaba a las organizaciones populares y sindicatos. “Ortega es la antítesis de la revolución de los años 80”, valora la exguerrillera Mónica Baltodano.

De 2006 a 2017, Ortega ha fraguado fraudes, vapuleado a opositores, violado la Constitución para reelegirse, negado las libertades constitucionales, restado independencia a los poderes del Estado e instituciones públicas, politizado el Ejército y la Policía, diseñado una propaganda de endiosamiento de su figura y ha puesto a su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta del país y a sus hijos en puestos del Gobierno.

Pero fue a partir de abril de 2018 cuando Ortega mostró su lado más parecido al de Somoza. La segunda etapa de la revolución que dice representar su gobierno ha dejado un saldo de entre 325 y 500 muertos, más de 700 presos políticos —la mayoría ya liberados por la presión de la comunidad internacional— y más de 100,000 personas en el exilio, tras una crisis que comenzó tres meses antes de que el FSLN asistiera a la conmemoración del 39 aniversario del 19 de julio de 1979.

En ese momento, Ortega, ante un puñado de sus bases, atribuyó la explosión social a un intento de golpe de Estado en su contra, financiado por Estados Unidos. Allí, Josefana Bermúdez, la mujer que asistió a la celebración del triunfo revolucionario el 20 de julio de 1979 desde otro lugar en la Plaza La Fe, aplaudió y vitoreó al dictador, y adoptó la consigna oficialista de que los opositores “no pudieron, ni podrán”, usada hasta el cansancio por el régimen para mostrarse victorioso ante un conato de derrocamiento.

Bermúdez, ahora desde Managua, asegura que todos los años asiste el 19 de julio a escuchar los discursos de Daniel Ortega; y recuerda con nostalgia el júbilo nacional por viajar a la capital hace 40 años, así como las imágenes que dieron la vuelta al mundo, como un video en el que aparece Humberto Ortega, impávido, con bigote grueso, lentes grandes y vestido de rojo, pronunciando un discurso que era compartido por todos los ciudadanos.

“Creo que, después de 42 años de lucha, el pueblo nicaragüense ha llegado a un estado tal que difícilmente se le podrá imponer nuevos amos; difícilmente nuevas dictaduras podrán entronizarse en este país.” Se equivocó.



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