Gioconda Belli: “He querido contar, a través de mi experiencia, las diversas etapas en la vida de la mujer”

“Para mí los premios son validación del trabajo que uno hace. No son esenciales pero dan alegría”, dice la escritora.

Por JOSÉ DENIS CRUZ

Unas brujas cuelgan de los estantes, otras posan en el escritorio. Hay libros por doquier, en el piso de madera, en el sofá, en cualquier rincón. En este estudio, en el que Gioconda Belli se encierra para escribir, no hay nada que no esté ligado a ella. Las brujas están porque para darle vida a Xintal y doña Carmen, en Sofía de los presagios, tuvo que investigar sobre esos seres míticos; y los libros, porque son casi ley de vida de una escritora.

Gioconda le ha abierto a ¡HOLA! las puertas de su casa. Esta amena conversación tuvo lugar en su estudio, su rincón favorito, un espacio con una ventana que ofrece una postal del verdor del sur de Managua y el lago Xolotlán. Ella, la mujer de pelo frondoso y mirada de niña buena, está sentada en su sofá, con su cigarro electrónico en la mano, y ha empezado a contar las facetas de su vida: revolucionaria, madre, esposa y escritora.

—¿Cuál fue el primer libro que la atrapó?

—Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne. Leía también muchos libros de teatro porque mi mama fue fundadora del Teatro Experimental de Managua. Leí a Lope de Vega, a William Shakespeare.

—¿Y a qué edad escribió su primer poema?

—Empecé a escribir poesía como tal a los 20 años, cuando ya me había casado. Antes de eso solo recuerdo un poema que escribí a los 14 años para entrar a la Academia Literaria en La Asunción.

—¿Y ya le había impregnado a su poesía el sello erótico?

—Mi poesía fue calificada de erótica desde que salió publicada en 1970.

—¿Cómo vio la sociedad el hecho de que una mujer hablara de erotismo?

—La sociedad se asustó, pero yo lo hice con mucha candidez. No pensé que escribir de mi cuerpo o del amor y la sensualidad fuera escandaloso. Había leído poesía erótica escrita por hombres. Hasta recuerdo una antología de poesía erótica que alguien me regaló y donde solo escribían hombres. El escándalo no lo causó lo que decía mi poesía; el escándalo fue que lo dijera una mujer.

—¿Su familia se lo prohibió?

—En un principio intentaron disuadirme de seguir publicando, pero cuando poetas como Pablo Antonio Cuadra y Coronel Urtecho me alabaron, tuvieron que resignarse. Yo no consideré dejarme censurar. Yo escribí lo que quise. Cuando me di cuenta de que cierta gente se escandalizaba, decidí que ese era problema de ellos.

—Su actitud tiene que ver con la crianza que recibió de su mamá, según sé.

—Mi mamá era muy moderna, me crió sin ningún prejuicio sobre mi cuerpo, sobre mi sexualidad; toda la vida supe que eso era bello, no era sucio, ni prohibido. Mi mamá me dio una educación muy sana en esos términos.

—Gioconda Belli alterna entre un libro de poesía y una novela, ¿cómo ha evolucionado su poesía?

—Mi poesía es más bien autobiográfica. He querido contar a través de mi experiencia las diversas etapas en la vida de las mujeres. He querido contar el mundo desde el ojo de la mujer. La narrativa es diferente, aborda la experiencia colectiva. Normalmente escribo poemas cuando escribo una novela. Los guardo y luego los reviso cuando termino la novela.

—¿Para usted qué representa la mujer?

—La mujer carga en ella el principio de la vida, o sea un poder extraordinario; no solo el de reproducir la especie, sino también de nutrirla y cuidarla. Paradójicamente, esta biología privilegiada nos ha acarreado consecuencias negativas. El hombre ha querido someter ese poder. Le teme porque no entiende su desinterés.

—¿Qué hace Gioconda Belli cuando le pone el punto final a su novela?

—Bailo. Pongo la música a todo volumen y bailo.

—¿Qué tipo de música?

—Juan Luis Guerra, o música de los 70 y 80.

—¿De qué trata su última novela? ¿Qué plantea en ella?

—Es la historia de amor de una mujer que en medio de los cambios que trae consigo la madurez femenina, se enamora de un hombre joven. Es sobre esos miedos que tiene la mujer de perder la belleza, la juventud. La protagonista pasa por eso y llega a descubrir que es una etapa donde al fin la mujer puede vivir para sí misma, porque ya hizo su parte. La novela se llama El intenso calor de la luna, porque juega con la idea de los ciclos de la mujer y también reta esa idea de que la feminidad acaba a los 40 o 50. No podemos aceptar que nos receten un tiempo tan corto para ser atractivas y sensuales. Si ya a los 30 empieza la crisis de inseguridad. Es ridículo. Esta novela es mi regalo para las mujeres que leyeron en los 80 La Mujer Habitada y que ahora tienen la edad de Emma, la protagonista de esta nueva obra.

—¿Cuándo va a presentar su novela?

—Saldrá en agosto en América Latina y en septiembre en España.

—Su obra ha sido galardonada en varios países, recientemente le entregaron el Premio Andrés Sabella.

—Sí, para mí los premios son una validación del trabajo que uno hace. No son esenciales pero dan alegría.

—Ese premio por primera vez se lo otorgaron a una mujer

—Sí, exactamente. Creo que los organizadores de los premios están teniendo consciencia de que ahora hay más mujeres que escribimos y que hay que reconocerlas.

—¿Qué hace cuando está escribiendo?

—Me siento en mi estudio, en este sofá, con la computadora sobre el regazo. No sé por qué no escribo en el escritorio. Me paso para acá. Aquí ya no escribo emails ni otra cosa que no sea relacionado al mundo que tengo que evocar y hacer que exista.

—¿Este es su nido donde nacen los personajes, las historias?

—No nacen aquí necesariamen te, pero aquí es donde ven la luz, donde se hacen lo que llegan a ser. Cuando yo pienso en una novela paso semanas construyéndola en mi cabeza. Llega un momento en que siento que ya la tengo. Entonces me siento y hago una especie de mapa, es un mapa que no está rígido, que puede cambiar, defino los momentos álgidos, describo a los personajes.

—¿Es difícil iniciar una novela?

—Sí, siento terror al inicio de una novela, miedo de no poder en – contrar la manera de contar la historia que me persigue o miedo a entrar a la historia por el camino equivocado. Doy muchas vueltas antes de empezar.

—Hay una etapa de Gioconda la revolucionaria, ¿involucrarse en ese proceso le sirvió de inspiración?

—Los años 70, que fue cuando empecé a escribir, fueron fantásticos. Yo pienso que fue una de las épocas más prometedoras del siglo XX, era la época de música extraordinaria, el arte, la poesía, era el boom latinoamericano, el boom de la rebeldía, de la liberación femenina. Era una época de mucha efervescencia a nivel mundial.

—¿Cómo se decidió por la lucha política?

—Fue fácil porque teníamos a un dictador que había que cambiar. Lo único que uno tenía que superar era el miedo.

—¿Cómo se vio reflejada su participación revolucionaria en su obra?

—En 1978, mi poemario Línea de Fuego ganó el Premio Casa de las Américas. Escribí poesía muy vinculada a la lucha que vivíamos en Nicaragua. Luego esos años me sirvieron de inspiración para La Mujer Habitada, son la base de mi memoria, El País bajo mi piel. Siguen presentes en mi vida de muchas formas.

—¿Y para usted, qué es la libertad?

—La libertad es el respeto al derecho de cada quien de elegir su propio destino, sin presión ni coerción.

—Sus hijas vivieron de pequeñas épocas convulsas, usted se fue al exilio. ¿Cómo enfrentó esta situación?

—Con mucha culpa y tristeza.

—¿Por qué culpa?

—Porque luchar por otros significaba que ellas sufrieran la ausencia de su madre. No hay respuestas fáciles para estas preguntas y una de las cosas más duras en la vida es tomar este tipo de decisiones. Ahora creo que si bien les tocó duro, también vivieron una etapa impresionante, vivieron la Revolución. Mis dos hijas mayores y mi hijo son conscientes de que esa época y las experiencias, como ir a cortar café, les marcaron la vida positivamente.

—¿Actualmente cómo es la relación con sus hijas?

—Soy muy privilegiada de tener las hijas extraordinarias que tengo. Las tres son mujeres fuertes, dulces, generosas. Las dos mayores ya son mamás y tienen unos hijos hermosos y simpatiquísimos. Nos llevamos muy bien. Hemos ido creciendo en el amor y en el arte de entendernos mutuamente.

—¿Cuáles son sus pasiones?

—Me encanta la gente, la historia, la literatura, la lectura, entender las luchas, las aspiraciones y complejidades de la naturaleza humana. Me encanta ver cómo trabaja mi mente, me asombra la imaginación. Yo siento que fui árbol, que hay una red que nos une al bosque, al verdor, que todos conformamos eso que es la Tierra. Y de cuánto corre en esos vasos comunicantes que nos unen se nutren mis palabras y mi búsqueda de sentido.

—¿Árbol? ¿Qué le hizo pensar eso?

—Mi pelo quizás. Es como la copa de un árbol. Cuando escribí La mujer habitadame fue tan fácil imaginarme árbol, hablar como árbol, era como un déjà vu. Casi no corregí esa parte de la novela.

—¿En qué cree?

—Creo que la espiritualidad mía está vinculada a la existencia material, a esa vinculación con las cosas, a ese existir en la realidad, creo en la naturaleza como la madre, soy terrenal. Yo no necesito el cielo para sentirme feliz ni para sentir que mi vida tiene un propósito, mi vida tiene un propósito aquí y ahora.

—Veo que tiene adornado su estudio con brujas, ¿cree en ellas?

—Cuando escribí Sofía de los presagiosme metí a leer sobre las brujas y descubrí que eran mujeres antiguas que conocían de hierbas, curaban y tenían una relación con la naturaleza. Y cuando los hombres solo querían que hubiera un Dios y que la medicina fuera manejada por ciertos sabios empezaron a satanizarlas. Las brujas eran sabias.

—¿Las estigmatizaron?

—Las convirtieron en una cosa satánica, me caen muy bien las brujas ahora.

—¿Usted es religiosa?

—Soy humanista. El humanismo es mi religión.

—¿Qué la hace fuerte, qué la vence?

—Mi imaginación es mi fortaleza, me siento muy privilegiada de tener la imaginación que tengo. Me da fuerza y gozo de ser mujer.

—¿Qué la hace llorar?

—La injusticia, la impotencia, la intolerancia, la inseguridad, a veces tengo grandes momentos de inseguridad.

—¿Tiene algún otro hobby que no sea leer?

—Me encantan los viajes en carro y ver desde la ventana los paisajes viajando conmigo.

—Hablemos del amor…

—Del amor, esa extraña palabra “Para mí los premios son una como decía Julio Cortázar [ríe].

—Sí, de ese mismo, ¿qué es para usted?

—Para mí el amor es el fin de la soledad. Yo creo que todos los seres humanos tenemos una profunda soledad porque venimos al mundo solos, nos morimos solos, nadie puede entrar en nosotros, nadie nos puede conocer y siempre estamos solos dentro del cuerpo, el amor es lo único que rompe la soledad. Pero es un sentimiento complejo, un organismo siempre en construcción, a veces terrible, que requiere mucho compromiso pero que también es fuente de gran felicidad.

—¿Tomando en cuenta lo que dice, a qué edad conoció el amor?

—Como a los 20 años, pero lo he conocido varias veces [ríe].

—¿Cuándo fue la última vez que lo conoció?

—He tenido una relación de pareja ya de muchos años. Tengo 27 años de casada con el mismo ser y ha sido una relación intensa, apasionada sobre todo. Mi esposo es mi amigo, mi familiar, mi compañero de juegos, pero también tenemos diferencias, grandes discusiones, somos dos personalidades fuertes y libres. Somos sagitarios ambos y a veces corren las flechas, pero la independencia es algo que los dos necesitamos.

—¿Usted cómo ha hecho para mantener su relación con la misma persona?

—Mi marido tiene una gran cualidad, y es que me hace reír. El humor ayuda muchísimo a que duren las parejas. Hemos vencido miles de obstáculos, como que somos de países distintos. Cuando yo lo conocí, él era periodista y yo era vocera del Frente Sandinista, era dormir con el enemigo, pero logramos superar eso.

—¿Cómo hicieron para crear el balance?

—Logramos un compromiso. Él vivió aquí, un tiempo después yo me fui a vivir a los Estados Unidos.

—¿Le fue difícil irse?

—Fue difícil. Nunca me adapté. Me hacía falta la gente, me hacía falta el español. Ahora volvimos a vivir a Nicaragua. Ha sido un proceso de estira y encoje, de ceder uno, ceder el otro. Y creo que eso es lo que nos ha fortalecido.

—Hábleme del primer encuentro que sostuvo con su actual esposo.

—Lo conocí en Washington, en una fiesta de la Embajada de Nicaragua en los 80. En esa fiesta empecé a hablar con él y nos dimos cuenta de que los dos teníamos ancestros italianos. Después me llegó a entrevistar en Nicaragua. Todavía me sigue entrevistando.

 —¿Y qué la hace regresar a Nicaragua?

—La razón es muy sencilla, mi hija más pequeña se fue a la universidad. Mientras ella seguía en el colegio no podía venirme.

—¿Qué sintió al momento de llegar al país para quedarse otra vez?

—Sentí que era lo que tenía que haber hecho. Que mi alma me volvía al cuerpo.

—Usted en uno de sus poemas decía que le dolía Nicaragua, ¿hay algo que le siga doliendo de este país?

—Me duele que hayamos perdido la capacidad de escoger. Que nos están vendiendo la idea de que la justicia social tiene el costo de la libertad.

—¿Qué no le gusta de la vida de escritora?

—La cantidad de viajes. Como escritor, uno es más bien recluso. A mí me gusta estar con mi soledad, mi imaginación, mis libros. Ahora el escritor tiene que promover sus libros, tiene también que ser un “performer”.

Este entrevista fue publicada originalmente en la edición centroamericana de la revista ¡HOLA! en 2015.


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