¿Qué hicieron mis padres para que no volviéramos al oscuro pasado de la guerra y la confrontación? Nada.
Por JOSÉ DENIS CRUZ
ESPAÑA – Desde que decidí venir a vivir a Europa, no he dejado de preguntarles a mis padres si consideran tener alguna responsabilidad en la crisis que vive Nicaragua desde abril de este año.
¿Pensaron en algún momento en el país que querían heredarme? ¿Qué hicieron para que no volviéramos al oscuro pasado de la guerra y la confrontación?
Nada. No hicieron nada. Como tantos padres más, cruzaron sus brazos y se sentaron a contemplar cómo dos caudillos –Daniel Ortega y Arnoldo Alemán– destruían la incipiente democracia que tanta sangre costó y que a duras penas construyó la presidenta Violeta Barrios (1990-1997).
Esa indecisión e indolencia sobre problemas clave causó que mi generación deba lidiar hoy con inestabilidad política y social. Es cierto que Ortega logró el crecimiento económico que tanto exigían mis padres a los gobiernos de Alemán (1997-2002) y Enrique Bolaños (2002-2007), pero eso implicó renunciar a muchas libertades, acción que no era justa.
Mis papás, hasta este año, defendieron la ideología sandinista de Ortega, que había mostrado ser sinónimo de retroceso en 1980: pobreza, éxodo, expropiaciones, guerra, autoritarismo, ataques a la Iglesia católica…
Me hablaron tanto de eso que en los últimos días les he preguntado si en algún momento meditaron sobre el pasado, el presente y futuro del país. Mi país. No lo hicieron, y hoy los acuso de que, en parte, son culpables del desastre llamado Daniel Ortega.
Es innegable el lugar que la Revolución sandinista de 1979 tiene en la historia de Nicaragua. Crecí atraído por los ideales revolucionarios, las canciones de Carlos Mejía Godoy y las gestas de pueblos aguerridos como Monimbó. Pero la revolución la destruyeron, la destruyó Ortega.
Mis padres se equivocaron al pensar que Ortega era la revolución, se equivocaron al consentir el pacto Alemán–Ortega, hace 20 años, que permitió el reparto de los poderes del Estado y generó, así, un deterioro de la institucionalidad.
Una tarde de otoño me encontré con un amigo español y terminamos hablando otra vez de la crisis. Le conté que esa alianza produjo que Ortega regresara al poder en las elecciones del 2006 y que desde el 18 de abril Nicaragua vive días de represión que ya han dejado más de 500 muertos y centenas de presos políticos.
–¿Por qué no hicieron nada para evitar que Ortega llegara hasta donde está?, me preguntó. Me quedé pensando por un momento, tratando de señalar a quienes permitieron ese pacto entre el Partido Liberal Constitucionalista de Alemán y el Frente Sandinista de Ortega. Le respondí que mi generación, quienes nacimos después de 1990, hizo lo que pudo.
Pero toda acción para defender la República, siendo adultos ya, era insuficiente. Para cuando voté por primera vez, en el 2011, todo el Estado y sus poderes estaban podridos por los partidos mencionados y, obviamente, controlados por Ortega.

Policías y parapolicías atacaron desde abril a los ciudadanos que exigían, de manera pacífica, la renuncia de Daniel Ortega. CORTESÍA / LA PRENSA
Le dije a mi amigo español que mis padres me heredaron a un dictador que nos tiene al borde de un abismo. ¿Cuántos años más? ¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas guerras más? Me entristece que lleguemos al 2021, al bicentenario de nuestra independencia, siendo víctimas de unos cuantos enfermos de poder que nos han sumido en la pobreza.
A esta reflexión llegué, recientemente, con una amiga nicaragüense. Hace unos días me escribió para comentarme que la habían despedido de la empresa donde laboraba y, por lo tanto, se veía en la obligación de migrar. “Tus padres y los míos dejaron que esto pasara”, le dije.
Me entristece que lleguemos al 2021, al bicentenario de nuestra independencia, siendo víctimas de unos cuantos enfermos de poder que nos han sumido en la pobreza.
Le insistí en que quienes nacimos después de 1990 no somos culpables. Mi hermana, por ejemplo, que aún no cumple 18 años, está heredando una Nicaragua confrontada y herida a manos de una dictadura a la cabeza de Ortega y su mujer, Rosario Murillo.
Le recordé también que ella y yo hicimos lo que nuestros padres nunca hicieron: protestar. No recuerdo a mis papás reprochando el pacto que consolidó una oligarquía entre sandinistas y liberales, en 1998. Nosotros, en cambio, desde que llegamos a la universidad, hemos alzado la voz por un país justo y mejor.
Mi amiga y yo estuvimos juntos en las instalaciones del edificio de la Seguridad Social, en junio del 2013, respaldando a los adultos mayores que protestaban contra una pensión reducida. Por esos días, la Policía y las turbas sandinistas golpearon a ancianos y jóvenes. Ese fue nuestro primer acercamiento con la represión y el despotismo. Lo peor llegó en este 2018.
*Este artículo se publicó originalmente en el diario LA NACIÓN de Costa Rica el 17 de diciembre de 2018.

Deja un comentario