Pablo vive en el centro de Costa Rica desde hace cuatro meses. Recorrió 110 kilómetros a pie desde Jinotepe hasta suelo costarricense.
Por JOSÉ DENIS CRUZ
COSTA RICA – A las cuatro de la tarde del 8 de julio, un hombre llegó a la casa a tocarle la puerta insistentemente. ¡Toc, toc! Abrí. ¡Toc, toc! Soy Juan. ¡Toc, toc! Tenés que irte. Pablo jaló la cerradura con miedo y desconcierto. ¿Qué pasó?, preguntó. La respuesta le hizo embarcarse en una incierta travesía que lo llevó hasta un país donde tuvo que empezar otra vida, desde cero.
Ese domingo, Pablo había escapado de fuerzas paramilitares que en la mañana llegaron a Jinotepe y Diriamba, municipios del departamento de Carazo, a desmontar tranques en las vías, que los ciudadanos construyeron como forma de protesta en contra el régimen de Daniel Ortega.
Su primo, que trabaja para una institución pública, corrió hacia él ese día para decirle que debía salir de Jinotepe. Pablo soltó el llanto y abrazó a su madre. “¿Huir adónde, porqué?”, se preguntó.
Después de dos días de permanecer en una casa en la zona rural de Jinotepe, inició un viacrusis hasta la frontera sur de Nicaragua. “Me dolía todo, me dolían mis amigos, mi patria, los muertos. Te lo cuento y me parece mentira que esto esté pasado en Nicaragua”, cuenta.
Salió con dos piezas de ropa, sin documento de identidad, y con tan solo 2,000 córdobas (aproximadamente 63 dólares). Se despidió de su mamá y prometió que le llamaría apenas pudiera.
Así inició un recorrido de 378 kilómetros, el dice que más, desde Jinotepe hasta una ciudad del centro de Costa Rica, pasando ríos, cerros y sorteando retenes de paramilitares.

SORTEANDO A LA MUERTE
“Si me quedaba me podían hasta matar, mientras que si salía del país resguardaba mi vida”, cuenta Pablo, en una entrevista desde Costa Rica. Al dejar los campos de Jinotepe, el joven se encontró con otros tres que lo esperaban cerca de un riachuelo en Nandaime.
Sin embargo, huir no le garantizaba nada hasta que estuviera en suelo costarricense. En el trayecto a la frontera de Peñas Blancas sorteó dos peligros: que lo atraparan los paramilitares antes de llegar a Costa Rica o accidentarse o ahogarse en el escape.
“Pasamos el río Ochomogo, no sé cómo, pero pasamos, nos metíamos por fincas. Pero gracias a Dios, llegamos hasta Costa Rica. Ahí, al cruzar la frontera nos esperaba un señor que nos llevó por plantaciones de naranjas hasta un lugar donde pudimos pagar un bus”, recuerda.
El 10 de julio, un día después de llegar a Costa Rica, habló con su madre. Le contó que su nombre figuraba en una lista que los paramilitares tenía para arrestar a los “cabecillas” de los tranques.
NUEVA VIDA
Pablo, de 27 años, hace dos meses vive en Costa Rica. En Nicaragua estudiaba Relaciones Internacionales y apoyaba la construcción de viviendas para personas empobrecidas del país.
«No es fácil empezar de cero en un país que no es el tuyo, no es fácil saber que ni tiempo tuviste de despedirte de tu abuela. No hay día en que no llore»
Pablo, joven nicaragüense que huyó del régimen de Daniel Ortega.
Ahora, dice, está construyendo una nueva vida en otro país, pero todos los días planea un regreso a su tierra para continuar la lucha cívica que se gestó en Nicaragua desde el 18 abril.
Hace unos días encontró un trabajo en un supermercado. “En enero de este año me propuse terminar mi carrera, enfocarme en mi trabajo para ahorrar y comprarme mi carro”, recuerda. “Si me preguntás qué metas tengo ahora, solo te diría que es volver y derrocar a Ortega”.
Para los organismos internacionales su caso es una estadística más, es uno entre los 25,000 nicaragüenses que se vieron obligados a dejar Nicaragua para resguardar sus vidas. Para él, su éxodo es dolor, tristeza y frustración.
“No es fácil empezar de cero en un país que no es el tuyo, no es fácil saber que ni tiempo tuviste de despedirte de tu abuela. No hay día en que no llore”, lamenta.
*Pablo es el nombre ficticio. El entrevistado decidió omitir su nombre real por seguridad.

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