Nicaragua: Niños bajo fuego

El Movimiento Mundial en Favor de la Infancia señaló que hasta el 16 de junio aproximadamente 15 niños, niñas y adolescentes han sido asesinados por la crisis.

JOSÉ DENIS CRUZ

El título no es ninguna metáfora, es real: niños bajo fuego. La mañana del sábado 16 de junio los nicaragüenses nos despertamos con una noticia macabra. Una familia, en un barrio de Managua, murió calcinada por grupos parapoliciales del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, que desde hace más de un mes siembran el terror en Nicaragua.

Los esbirros le prendieron fuego a la vivienda porque los inquilinos negaron el acceso a francotiradores que querían instalarse para disparar hacia las barricadas que pobladores han construido, con el objetivo de defenderse de la represión. Las víctimas: cuatro adultos y dos infantes. Mathías, de tres meses; y Daryli Pavón, de dos años. Eran hermanos y hoy yacen a varios metros bajo tierra.

Desde el 18 de abril, Nicaragua vive una crisis sociopolítica que ha dejado al menos 215 muertos, según organismos de Derechos Humanos. La represión orteguista es la más sangrienta del país en tiempos de paz. Los niños y adolescentes no han escapado de la opresión, y ante el temor de más asesinatos, decenas de familias han marcado sus casas con la leyenda: “Aquí hay niños”.

El Movimiento Mundial en Favor de la Infancia señaló que hasta el 16 de junio aproximadamente 15 niños, niñas y adolescentes han sido asesinados por la crisis, mientras miles “están viviendo en un clima de permanente violencia, alterando sus rutinas, sufriendo afectaciones físicas, sicológicas, y emocionales que marcarán sus vidas para siempre”.

Sin pedirlo, los nicaragüenses estamos enterrando a pequeños mártires. Los niños y adolescentes no deben estar en barricadas luchando por una Nicaragua democrática, deberían estar en escuelas, preparándose para darle frutos a este país.

En Matagalpa, por ejemplo, una bala perdida impactó en el cuello del bebé de 18 meses, William González. La mañana del 15 de mayo fuerzas de choque llegaron a su barrio con armas de guerra a desmontar barricadas. A esa hora, mientras el pequeño descansaba en los brazos de su padrastro, el proyectil entró por una pared de madera y luego lo alcanzó. Lo operaron de emergencia y contra pronósticos médicos sobrevivió.

El director ejecutivo del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), Gonzalo Carrión, me dijo que su organismo continúa contando muertos porque el Gobierno no para de asesinar a jóvenes, adolescentes y niños. En promedio, indica, tres personas fallecen al día desde el 18 de abril.

“La brutalidad inhumana del terrorismo se ha hecho sentir en el perjuicio de los derechos a la vida de la niñez”, denuncia. Y clama: “Nicaragua necesita que los países del mundo tengan expresiones contundentes más allá de los pronunciamientos”. Las organizaciones que trabajan en pro de los derechos de la niñez en Nicaragua, también deben pasar de discretos comunicados a acciones más concretas.

Hace unos días un amigo me contó el horror que su hermano, de ocho años, vive cada vez que escucha disparos. “Mamá, y si quieren entrar a la casa a poner francotiradores, y no queremos, ¿nos van a quemar?”, dijo el pequeño, a raíz del terrible incendio del 16 de junio. “Una bala perdida puede matar a cualquiera”, me comentó. Su familia ahora piensa en sacar al pequeño del país.

Lo que está ocurriendo en Nicaragua es intolerable y merece la condena mundial. Hemos llegado al punto donde la vida no vale nada. El régimen está dispuesto a matar sin importarle que inocentes reciban sus balas. Ellos son víctimas de una represión desconocida para los que nacimos después de 1990, por eso es urgente que el Gobierno evite que esta violencia nos arrastre a la costumbre de vivir con más muertes horrorosas de infantes.

Según datos de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), hasta el 20 de junio, el 8% de los asesinados por las fuerzas represoras eran adolescentes, con edades de entre 14 y 17 años. El número de heridos que registran alcanzan 2,400 personas, pero se eleva cada día. Esta semana Ortega desató su furia contra los departamentos de Masaya y Carazo. No sabemos cuántos niños fueron víctimas de esos ataques de balas y bombas lacrimógenas.

Sin pedirlo, los nicaragüenses estamos enterrando a pequeños mártires. Los niños y adolescentes no deben estar en barricadas luchando por una Nicaragua democrática, deberían estar en escuelas, preparándose para darle frutos a este país. Tampoco deben ser víctimas de la carnicería y persecución del Gobierno. Son niños, son adolescentes, no delincuentes.

El informe “Disparar a matar” de Amnistía Internacional documentó que policías y grupos “parapoliciales” usaron armas letales en las protestas de abril. La mayoría de personas heridas con proyectiles presentaron impactos en la cabeza, el cuello y el pecho. La orden era clara: matarlos.

Álvaro Conrado (15 años), ultimado a tiros durante las protestas, demuestra ese uso excesivo de fuerza. Sin permiso de sus padres el adolescente fue a una avenida de Managua a apoyar a los estudiantes en su segundo día de enfrentamientos brutales con agentes antidisturbios.

Conrado se encargaba de pasar agua con bicarbonato, desde la Catedral Metropolitana de Managua hasta la Universidad Nacional de Ingeniería, para que los jóvenes resistieran los efectos de las bombas lacrimógenas, lanzadas sin piedad. En ese trayecto un balín disparado por policías lo impactó certeramente en el cuello.

Murió minutos después. Pero a él lo mataron dos veces. Primero el agente represor y luego el personal de un hospital del Seguro Social que se negó a darle atención médica. Su caso sigue en la impunidad, y los asesinos seguramente continúan reprimiendo y matando gente.

Otro adolescente de 15 años murió en Masaya. La tarde del 2 de junio antidisturbios entraron a los barrios con la intención de matar a quienes mantenían barricadas en esa ciudad con fama de brava y rebelde. Junior Gaitán huyó cuando supo que los estaban atacando, pero corrió con la mala suerte de encontrarse con un oficial. Se arrodilló y le imploró por su vida: “No me matés”. El policía jaló el gatillo y le disparó en el tórax.

Este artículo de Opinión se publicó originalmente en Medium en junio de 2018, a raíz de la crisis que vive Nicaragua desde abril. 


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