La historia de las esquinas de León

Las esquinas punta de lanza en León son  una herencia arquitectónica única en América Latina. La modernidad y las constantes guerras que sufrió Nicaragua han amenazado su continuidad en el tiempo.

José Denis Cru

LEÓN, León — El 16 de enero de 1610, después de mediodía, los pobladores que abandonaron León Viejo finalmente llegaron hasta donde se erige la actual ciudad de León. A la cabeza de la caravana iba el entonces alcalde Pedro Munguía de Mendiola y el capitán Alonso Díaz de Mayorga quienes fueron recibidos por indígenas de la comunidad de Sutiaba. Al instalarse en las nuevas tierras, el capitán Díaz, con cuadrícula y cordel, asumió el reto de erigir la nueva urbe. Trazó las calles, construyó la ermita El Calvario y en el barrio El Laborío impulsó la edificación de casas con esquinas punta de lanza, un estilo único que se desarrolló hasta el siglo XVII y diferenció a León de las demás ciudades coloniales de América.

Por el año 1620, el capitán Alonso Díaz erigió en la calle La Españolita, otrora avenida importante del siglo XVI,  una altiva vivienda compuestas por gruesas paredes de adobe, techos a dos aguas, ladrillos de barro, caña de castilla y esquinas de doble puertas con columna central de madera labrada, unos rasgos que marcaron la arquitectura habitacional de León durante los últimos dos siglos de dominio español. Dada la conservación de esta casa, la Dirección de Patrimonio Histórico del municipio la declaró como la más antigua, en octubre de 2013.

El Estudio Tipológico Urbano Arquitectónico del Centro Histórico de León, elaborado por la municipalidad de Andalucía, España, aborda esta infraestructura y determina dos tipos: la de pilar  esquinero o esquinas en punta de lanza y la ochavada o chaflán. “La primera consiste en una columna de madera en la esquina del inmueble con dobles puertas -a ambos lados del pilar de madera- que corresponden al acceso principal de la vivienda. De este modelo se presentan en la ciudad innumerables ejemplos, desde los más sencillos, con pilares toscos de madera, hasta los más elaborados con pilares de fuste estriado y adorno de orden clásico, principalmente dórico y corintio”, describe el documento facilitado por la Junta de Andalucía.

Sobre el segundo tipo,  en chaflán, el informe señala que se utilizó para decorarse con portales de arco de medio punto con celaje. “El corte en diagonal de la esquina permite mayor visibilidad, y la coincidencia en un cruce de las cuatro esquinas en chaflán produce una plazoleta en forma de octágono, de ahí el nombre de ochavadas, reza. La conclusión a la que llegaron los arquitectos que elaboraron el estudio es que las esquinas con punta de lanza son más antiguas que la esquina achaflanada y se ha convertido en uno de los principales elementos que definen la identidad de la arquitectura habitacional leonesa.

El por qué

¿Por qué León erigió casas con esquinas punta de lazas y Granada no? Las respuestas son variadas, pero la más acertada, que a la vez la respaldan algunos archivos históricos como el testimonio del fraile inglés Thomas Gages, es que durante la época colonial la sociedad leonesa acostumbraba hacer tertulias desde los balcones de sus habitaciones. El abogado e historiador leonés Manuel Noguera considera que la costumbre de construir este tipo de viviendas se origina del hábito de sentarse en la puerta a conversar con los vecinos o con la gente de la misma casa. “Una puerta es como angosta, pero dos puertas abren el salón al aire libre, por eso la gente abrían las dos puertas y se sentaban a conversar en los taburetes, porque tenían más espacio”, explica Noguera.

Según el libro “León de Nicaragua”, del escritor nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, León fue alcanzando la fisionomía monumental que la caracterizaría hasta finales de la colonia, al presentar en sus casas una volumetría simétrica y proporcional con la debida correspondencia entre sí de puertas y ventanas, para obtener una constante circulación del aire por el interior de las plazas o habitaciones y aprovechar la luz solar. Mientras tanto, el obispo de Nicaragua Pedro Agustín Morell de Santa Cruz en uno de los testimonios, escritos en el siglo XVII, describió que tanto León como Granada ofrecía sus respectivos rasgos arquitectónicos. “En León se encontró con esquinas de doble puerta, a la calle y a la avenida, con su columna central de madera, tallada en diferentes estilos, contrario a Granada donde observó esquinas de una sola puerta, o de corte achaflanado con la particularidad de mirar al centro de intersección de la calle con la avenida”, recoge Arellano en su obra.

El docente de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), el arquitecto Porfirio García, expone otro motivo que impulsó la construcción de esquinas punta de lanza: “Este tipo se hizo por una cuestión funcional, antes, las calles eran de piedra y al dar vueltas las carretas chocaban con la esquina de la casa, por eso la columna es un elemento protector. Esta es una característica muy nica, pues a pesar de que los planos de las ciudades se hacían en España, quienes construían eran los indígenas”.

Lo cierto es que este tipo de arquitectura alcanzó su máximo desarrollo hasta finales del siglo XVI, así lo refuerza el abogado e historiador Edgardo Buitrago, en su obra Breves Apuntes Históricos sobre la ciudad de León,  al decir que entre 1700 e inicios de 1800 se manifiesta en la ciudad de León por el ceñimiento al modelo urbanístico español. Buitrago precisa que después de la destrucción de la ciudad a mano de los hombres del pirata francés William Dampier, en 1685, las viviendas de la ciudad resurgen con renovados estilos que se aprecian “en el trabajo de sus zaguanes, sus ventanas, con verjas de madera o hierro, y los balcones corridos”, evocando así diseños de casas del sur de España. 

Guerra y modernidad

A los alrededores de la Plaza de León aún se encuentran casi intacta la casa del capitán Antonio de Padilla quién en 1743 fue acusado de traidor al Rey de España por promover una rebelión de mulatos, que se oponían a la gubernatura de José Antonio Lacayo de Briones. Ante las intenciones revolucionarias de Padilla, el gobernador Lacayo ordenó capturarlo y en un juicio de tres días lo condenaron a muerte. De nade valió que exclamara que era el único sostén de su familia, pues la ejecución se dio a la luz de una luna de medianoche, y a la aurora del día siguiente su cabeza estaba colgada en el centro de la ciudad, mientras que una de sus manos fue clavada en el pilar de madera de la esquina punta de lanza de su habitación, justo donde hoy funciona una tienda de productos varios.

En la misma columna de madera, teñida de café intenso, se encuentran las huellas de los proyectiles que impactaron la casa durante la guerra de 1844. En esa cruenta sangrienta decembrina, León pagó con la quema de 900 casas y un estado de sitio que se mantuvo por 55 días. A esa destrucción hay que sumarle otras 900 viviendas calcinadas en 1824 cuando Granada y León luchaban a muerte por convertirse en la sede de la nueva República de Nicaragua.

“Todos los cronistas y la gente que pasan por Nicaragua se lamentan por el estado ruinoso de León, pero no es por casualidad que la ciudad esté destruida, está destruida por su combatividad”, reacciona el historiador Manuel Noguera, uno de los estudiosos del pasado de la ciudad. Su opinión coincide con la impresión que se llevó en 1849, el extranjero que más conoció Nicaragua, el diplomático norteamericano Ephraim George Squier al afirmar: “Quizá no exista otra ciudad de América que como León haya sufrido tanto a causa de las guerras”.

Las bombas e incendios de los 70, a causa de la guerra para derrocar al dictador Anastasio Somoza, desaparecieron inmuebles de gran valor arquitectónico y provocaron que se transforme la imagen urbana, sobre todo en el núcleo fundacional en donde 10 manzanas fueron destruidas hasta en un 80%. Pero no sólo las guerras ha amenazado la permanencia de la arquitectura leonesa, particularmente sus esquinas punta de lanza, sino que la modernidad ha influido en el cambio de rostro de la ciudad. La bonanza económica que vivió Nicaragua durante el gobierno de José Santos Zelaya y el boom algodonero hizo que al municipio llegaran estilos de viviendas norteamericanos y nuevos materiales de construcción. “Algunas casas se conservan por pobreza, pero con el auge algodonero hicieron enchapados y pusieron marquesinas de cemento, es decir que destruyeron el casco histórico y este tipo de esquinas”, lamenta el historiador Noguera.

En 1894 la Alcaldía dictó una cruel ordenanza municipal conocida como “Ley de Ornato” en la que mandaba a “deshacer los balcones que daban a la calle, así como las ventanas que salían en cierta medida del frente exterior de las casas, para dar lugar a la construcción de aceras corridas, que permitieran la libre circulación de las personas”.

Más después, en 1970, la alcaldía aprobó el “Reglamento de Urbanismo para la Municipalidad de León”, el cual en sus artículos 18 y 23 dictó normas que cercenaban dos elementos característicos del urbanismo y arquitectura de la ciudad: la continuidad de fachada y las esquinas en punta de lanza. El argumento de la Alcaldía se basaba en el deseo de construir una ciudad moderna y adecuada a los nuevos medios de transporte, el vehículo automotor.

Edgardo Buitrago aseguró en sus publicaciones que estas normas obligarona romper la tradicional armonía y a quebrar la continuidad del frente a la calle de las casas, así como de los aleros y de la altura de los edificios, con la intención de construir edificaciones de estilo racionalista con porches y de menor altura que la viviendas coloniales. “Los efectos de este reglamento vendrían a alterar de manera definitiva y radical la identidad de la tipología leonesa”, reflexionó Buitrago.

El Estudio Tipológico Urbano Arquitectónico del Centro Histórico de León recoge que el reglamento causó polémica en la ciudad y en 1976 se creó un grupo que se dedicó a estudiar la realidad urbanística y arquitectónica de la ciudad con el objetivo de determinar la primera delimitación del Centro Histórico de León, para lo cual tomaron como referencia el rectángulo señalado por el Obispo Morel de Santa Cruz en su informe al Rey de 1751.

Casas que sobreviven

El Catálogo de Bienes e Inmuebles del Centro Histórico de León, elaborado por la Junta de Andalucía, España, reúne 17 fotografías de casas con esquinas punta de lanzas que aún permanecen dispersas en la ciudad. De ese total resaltan dos grupos: el sector denominado Las Cuatro Esquinas y dos de las cuatro casas que pertenecen al Centro de Arte de la Fundación Ortiz Gurdián, ahí por la iglesia San Francisco.

Las dos casas del Centro de Arte son la de Norberto Ramírez, construida a mitad del siglo XIX, y la de doctor Juan Derbyshire, edificada a finales de la misma época. Ambas viviendas tiene graderías para salvar el desnivel con la calle y sus fachadas -describe la valoración del Catálogo de Bienes- son muy sencillas como las de la colonia, pero la influencia neoclásica se manifiesta en las formas de portal lateral, muy representativo de la época. “Este descansa sobre columnas adosadas hasta un entablamento donde la cornisa sobresale y se corona con un frontón triangular con molduras. Hace uso de canes moldeados para soportes del alero y sobresale el pilar esquinero de madera labrada”.

El punto más representativo de este tipo de arquitectura leonesa es el conjunto de viviendas que tienen en común el pilar esquinero. Esta coincidencia fue la única que sobrevivió, a las intensas guerras, a la modernidad y al reglamento de urbanismo de 1970 que orientó su sustitución por esquinas achaflanadas.


Deja un comentario